jueves, 28 de marzo de 2013

Tres versiones de Judas (Jorge Luis Borges)


There seemed a certainity in degradation.

T. E. Lawrence: Seven Pillars of Wisdom,ciii



En el Asia Menor o en Alejandría, en el segundo siglo de nuestra fe, cuando Basílides publicaba que el cosmos era una temeraria o malvada improvisación de ángeles deficientes, Niels Runeberg hubiera dirigido, con singular pasión intelectual, uno de los coventículos gnósticos. Dante le hubiera detinado, tal vez, un sepulcro de fuego; su nombre aumentaría los catálogos de heresiarcas menores, entre Satornilo y Carpócrates; algún fragmento de su prédicas, exornado de injurias, perduraría en el apócrifo Liber adversus omnes haereses o habría perecido cuando el incendio de una bibilioteca monástica devoró el último ejemplar del Syntagma. En cambio, Dios le deparó el siglo veinte y la ciudad universitaria de Lund. Ahí, en 1904, publicó la primera edición de Kristus och Judas; ahí, en 1909, su libro capital Den hemlige Frälsaren. (Del último hay versión alemana, ejecutada en 1912 por Emili Schering; se llama Der heimliche Heiland.)
         Antes de ensayar un examen de los precitados trabajos, urge repetir que Nils Runeberg, miembro de la Unión Evangélica Nacional, era hondamente religioso. En un cenáculo de París o aun en Buenos Aires, un literato podría muy bien redescubir las tesis de Runeberg; esas tesis, propuestas en un cenáculo, serían ligeros ejercicios inútiles de la negligencia o de la blasfemia. Para Runeberg, fueron la clave que descifra un misterio central de la teología; fueron materia de meditación y análisis, de controversia histórica y filológica, de soberbia, de júbilo y de terror. Justificaron y desbarataron su vida. Quienes recorran este artículo, deben asimismo considerar que no registra sino las conclusiones de Runeberg, no su dialéctica y sus pruebas. Alguien observará que la conclusión precedió sin duda a las “pruebas”. ¿Quién se resigna a buscar pruebas de algo no creído por él o cuya prédica no le importa?
         La primera edición de Kristus och Judas lleva este categórico epígrafe, cuyo sentido, años después, monstruosamente dilataría el propio Nils Runeberg: No una cosa, todas las cosas que la tradición atribuye a Judas Iscariote son falsas (De Quincey, 1857). Precedido por algún alemán, De Quincey especuló que Judas entregó a Jesucristo para forzarlo a declarar su divinidad y a encender una vasta rebelión contra el yugo de Roma; Runeberg sugiere una vindicación de índole metafísica. Hábilmente, empieza por destacar la superfluidad del acto de Judas. Observa (como Robertson) que para identificar a un maestro que diariamente predicaba en la sinagoga y que obraba milagros ante concursos de miles de hombres, no se requiere la traición de un apostol. Ello, sin embargo, ocurrió. Suponer un error en la Escritura es intolerable; no menos tolerable es admitir un hecho casual en el más precioso acontecimiento de la historia del mundo. Ergo, la trición de Judas no fue casual; fue un hecho prefijado que tiene su lugar misterioso en la economía de la redención. Prosigue Runeberg: El Verbo, cuando fue hecho carne, pasó de la ubicuidad al espacio, de la eternidad a la historia, de la dicha sin límites a la mutación y a la carne; para corresponder a tal sacrificio, era necesario que un hombre, en representación de todos los hombres, hiciera un sacrificio condigno. Judas Iscariote fye ese hombre. Judas, único entre los apóstoles intuyó la secreta divinidad y el terrible propósito de Jesus. El Verbo se había rebajado a mortal; Judas, discípulo del Verbo, podía rebajarse a delator (el peor delito que la infamia soporta) y ser huésped del fuego que no se apaga. El orden inferior es un espejo del orden superior; las formas de la tierra corresponden a las formas del cielo; las manchas de la piel son un mapa de las incorruptibles constelaciones; Judas refleja de algún modo a Jesús. De ahí los treinta dineros y el beso; de ahí la muerte voluntaria, para merecer aun más la Reprobación. Así dilucidó Nils Runeberg el enigma de Judas.
         Los teólogos de todas las confesiones lo refutaron. Lars Peter Engström lo acusó de ignorar, o de preterir, la unión hipostática; Axel Borelius, de renovar la herejía de los docetas, que negaron la humanidad de Jesus; el acerado obispo de Lund, de contradecir el tercer versículo del capítulo 22 del Evangelio de San Lucas.
         Estos variados anatemas influyeron en Runeberg, que parcialmente reescribió el reprobado libro y modificó su doctrina. Abandonó a sus adversarios el terreno teológico y propuso oblicuas razones de orden moral. Admitió que Jesús, «que disponía de los considerables recursos que la Omnipotencia puede ofrecer», no necesitaba de un hombre para redimir a todos los hombres. Rebatió, luego, a quienes afirman que nada sabemos del inexplicable traidor; sabemos, dijo, que fue uno de los apóstoles, uno de los elegidos para anunciar el reino de los cielos, para sanar enfermos, para limpiar leprosos, para resucitar muertos y para echar fuera demonios (Mateo 10: 7­8; Lucas 9: 1). Un varón a quien ha distinguido así el Redentor merece de nosotros la mejor interpretación de sus actos. Imputar su crimen a la codicia (como lo han hecho algunos, alegando a Juan 12: 6) es resignarse al móvil más torpe. Nils Runeberg propone el móvil contrario: un hiperbólico y hasta ilimitado ascetismo. El asceta, para mayor gloria de Dios, envilece y mortifica la carne; Judas hizo lo propio con el espíritu. Renunció al honor, al bien, a la paz, al reino de los cielos, como otros, menos heroicamente, al placer.[1] Premeditó con lucidez terrible sus culpas. En el adulterio suelen participar la ternura y la abnegación; en el homicidio, el coraje; en las profanaciones y la blasfemia, cierto fulgor satánico. Judas eligió aquellas culpas no visitadas por ninguna virtud: el abuso de confianza (Juan 12: 6) y la delación. Obró con gigantesca humildad, se creyó indigno de ser bueno. Pablo ha escrito: El que se gloria, gloríese en el Señor (I Corintios 1: 31); Judas buscó el Infierno, porque la dicha del Señor le bastaba. Pensó que la felicidad, como el bien, es un atributo divino y que no deben usurparlo los hombres.[2]
         Muchos han descubierto, post factum, que en los justificables comienzos de Runeberg está su extravagante fin y que Den hemlige Frälsaren es una mera perversión o exasperación de Kristus och Judas. A fines de 1907, Runeberg terminó y revisó el texto manuscrito; casi dos años transcurrieron sin que lo entregara a la imprenta. En octubre de 1909, el libro apareció con un prólogo (tibio hasta lo enigmático) del hebraísta dinamarqués Erik Erfjord y con este pérfido epígrafe: En el mundo estaba y el mundo fue hecho por él, y el mundo no lo conoció (Juan 1: 10). El argumento general no es complejo, si bien la conclusión es monstruosa. Dios, arguye Nils Runeberg, se rebajó a ser hombre para la redención del género humano; cabe conjeturar que fue perfecto el sacrificio obrado por él, no invalidado o atenuado por omisiones. Limitar lo que padeció a la agonía de una tarde en la cruz es blasfematorio.[3] Afirmar que fue hombre y que fue incapaz de pecado encierra contradicción; los atributos de impeccabilitas y de humanitas no son compatibles. Kemnitz admite que el Redentor pudo sentir fatiga, frío, turbación, hambre y sed; también cabe admitir que pudo pecar y perderse. El famoso texto Brotará como raíz de tierra sedienta; no hay buen parecer en él, ni hermosura; despreciado y el último de los hombres; varón de dolores, experimentado en quebrantos (Isaías 53: 2­3), es para muchos una previsión del crucificado, en la hora de su muerte; para algunos (verbigracia, Hans Lassen Martensen), una refutación de la hermosura que el consenso vulgar atribuye a Cristo; para Runeberg, la puntual profecía no de un momento sino de todo el atroz porvenir, en el tiempo y en la eternidad, del Verbo hecho carne. Dios totalmente se hizo hombre hasta la infamia, hombre hasta la reprobación y el abismo. Para salvarnos, pudo elegir cualquiera de los destinos que traman la perpleja red de la historia; pudo ser Alejandro o Pitágoras o Rurik o Jesús; eligió un ínfimo destino: fue judas.
         En vano propusieron esa revelación las librerías de Estocolmo y de Lund. Los incrédulos la consideraron, a priori, un insípido y laborioso juego teológico; los teólogos la desdeñaron. Runeberg intuyó en esa indiferencia ecuménica una casi milagrosa confirmación. Dios ordenaba esa indiferencia; Dios no quería que se propalara en la tierra Su terrible secreto. Runeberg comprendió que no era llegada la hora: Sintió que estaban convergiendo sobre él antiguas maldiciones divinas; recordó a Elías y a Moisés, ,que en la montaña se taparon la cara para no ver a Dios; a Isaías, que se aterró cuando sus ojos vieron a Aquel cuya gloria llena la tierra; a Saúl, cuyos ojos quedaron ciegos en el camino de Damasco; al rabino Simeón ben Azaí, que vio el Paraíso y murió; al famoso hechicero Juan de Viterbo, que enloqueció cuando pudo ver a la Trinidad; a los Midrashim, que abominan de los impíos que pronuncian el Shem Hamephorash, el Secreto Nombre de Dios. ¿No era él, acaso, culpable de ese crimen oscuro? ¿No sería ésa la blasfemia contra el Espíritu, la que no será perdonada (Mateo 12: 31)? Valerio Sorano murió por haber divulgado el oculto nombre de Roma; ¿qué infinito castigo sería el suyo, por haber descubierto y divulgado el horrible nombre de Dios?
          Ebrio de insomnio y de vertiginosa dialéctica, Nils Runeberg erró por las calles de Malmö, rogando a voces que le fuera deparada la gracia de compartir con el Redentor el Infierno.
         Murió de la rotura de un aneurisma, el primero de marzo de 1912. Los heresiólogos tal vez lo recordarán; agregó al concepto del Hijo, que parecía agotado, las complejidades del mal y del infortunio.
1944

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[1] Borelius interroga con burla: ¿Por qué no renunció a renunciar? ¿Porqué no a renunciar a renunciar?.

[2] Euclydes da Cunha, en un libro ignorado por Runeberg, anota que para el heresiarca de Canudos, Antonio Conselheiro, la virtud «era una casi impiedad». El lector argentino recordará pasajes análogos en la obra de Almafuerte. Runeberg publicó, en la hoja simbólica Sju insegel, un asiduo poema descriptivo, El agua secreta; las primeras estrofas narran los hechos de un tumultuoso día; las úttimas, el hallazgo de un estanque glacial; el poeta sugiere que la perduración de esa agua silenciosa corrige nuestra inútil violencia y de algún modo la permite y la absuelve. El poema concluye así: El agua de la selva es feliz; podemos ser malvados y dolorosos.

[3] ­Maurice Abramowicz observa: “Jésus, d'aprés ce scandinave, a toujours le beau rôle; ses déboires, grâce à la science des typographes, jouissent d'une réputabon polyglotte; sa résidence de trente­trois ans parmi les humains ne fut en somme, qu'une villégiature”. Erfjord, en el tercer apéndice de la Christelige Dogmatik refuta ese pasaje. Anota que la crucifixión de Dios no ha cesado, porque lo acontecido una sola vez en el tiempo se repite sin tregua en la eternidad. Judas, ahora, sigue cobrando las monedas de plata; sigue besando a Jesucristo; sigue arrojando las monedas de plata en el templo; sigue anudando el lazo de la cuerda en el campo de sangre. (Erlord, para justificar esa afirmación, invoca el último capítulo del primer tomo de la Vindicación de la eternidad, de Jaromir Hladík).

jueves, 14 de marzo de 2013



Un galeón a la deriva
boga repleto de tesoros
en los mares invisibles
de mi pensamiento inútil




miércoles, 20 de febrero de 2013

Fragmento

Emiliano González, escritor mexicano injustamente desdeñado, incluye en su obra capital: Los sueños de la bella durmiente este pequeño Fragmento que, modelado por el sueño, es un paradigma fiel de su estilo: imaginativo, inconcebible...


FRAGMENTO


Custodiado por esfinges de cristal, un tesoro persa aguarda vanamente en las profundidades de mi cerebro. Ejércitos de caballeros humeantes, montados en osamentas de potros, lo dejaron ahí: para hostigar mi codicia todas las noches. Las esfinges, posadas a cada extremo de un sepulcro dividido por una escalinata que conduce a donde está el tesoro, vigilan la ascensión de seres amortajados. A sus pies brilla un césped cuajado de rocío: el parque de las ninfas. Hay alamedas a lo lejos, amores de bronce y en medio del jardín un fáustico reloj, mudo para siempre. Yo frecuento con pasitos de rata los senderos de grava, sólo por el placer de pisar arena imaginaria. Mientras camino, advierto una lluvia incipiente. No se me ocurre nada: estoy absorto, contemplando esa luna de plata que brilla junto al sol.

De pronto, el cielo se quiebra como un espejo.

lunes, 4 de febrero de 2013

La muerte del escritor I

Un escritor sueco, de Guthenburg, presiente, una tarde de agosto, que el texto que ha estado escribiendo durante los últimos dos años está a punto de llegar a su desenlace. Los personajes van y vienen en una suerte de vaivén vertiginoso, se rebelan contra su creador, ofrecen argumentaciones que desafían, insurrectas, las secretas leyes de la creación literaria; sucesos imprevistos de pronto se cuelan en la narración sin que el pobre escritor escandinavo logre hacer nada: ya no es dueño de su obra y aun menos de su pensamiento. Como un vil y obediente autómata, es manipulado por la negligencia de sus protagonistas, dirigido por las invisibles cuerdas de sus titiriteros literarios. Almaric Jorgensen trama en contra de Pipo Stevenson, quien, de algún modo, es el escritor. Todo está urdido: la cena en el Bonsoir, Petite, el champagne, el choucroute garnie, la leve demora del camarero, el cuarto de hotel en el Skeppsholmen, la ducha. Cuando Stevenson sale del baño, Jorgensen, con un proyectil en la mano derecha y un puro en la boca, lo está aguardando al resguardo de la penumbra de la habitación. Un frugal intercambio de coléricas interpelaciones desentraña el carácter nostálgico del misterio, de la venganza. Jorgensen levanta y clava el revólver en la frente de Stevenson; morosamente, activa el percutor. El escritor se va de bruces contra la página mecanografiada. Tiene en la frente un profundo y renegrido agujero de bala. 
      

viernes, 1 de febrero de 2013

El mal escritor


Cansado de crear historias vagas y personajes sin lustre, aquella madrugada el escritor se levantó de la cama, calentó un pocillo con café y se dispuso a teclear en la vieja máquina de escribir que tenía apostada en su escritorio. Entreveía el argumento, no muy bien, pero lo entreveía. Sin demora y liturgia algunas, comenzó a escribir.
  Lentamente oprimió la tecla E pero se arrepintió enseguida. Abrir la narración con un artículo lo conduciría al fracaso; así lo había hecho con sus últimos libros, y ésta tenía que ser una historia diferente, ésta tenía que subvertir todos los convencionalismos de su escritura. Verbo transitivo o intransitivo, adverbio o adjetivo, preposición. Optó por el adverbio. Mecanografió la primera frase y la deploró, rompió la página e insertó una nueva hoja en blanco. Ajustó el rodillo y comenzó de nuevo.
  Escrito el primer párrafo, consideró que la historia que estaba germinando era superficial y pretenciosa, por lo que tomó la hoja, la comprimió con las manos y la arrojó al suelo. Urdir una obra maestra no era sencillo. Tramó vagamente durante horas.
  Cuando por fin tuvo la historia que lo colocaría entre los grandes de la literatura, ya había amanecido. Y él sólo escribía de noche. Así que dejó reposar esa magna obra en la consola de su pensamiento.

Unas horas antes del crepúsculo, el escritor retomó con vértigo la serie de ideas que habría de disponer sobre el papel y las juzgó patéticas, atiborradas de interjecciones vanas e hipérboles injustificadas. Lágrimas de impotencia le corrieron por los ojos.
  Durante años había podido escribir sin ningún problema y ahora, tratando de hallar la historia precisa, no conseguía nada que lo satisficiera. Pensó y leyó, leyó y pensó, ensayó varios argumentos que desechó casi enseguida. Incluso musitó una oración al Dios de su adolescencia, al que ya no recurría desde hace muchos años. Hojeó con amargura sus textos precedentes y en el pensamiento calificó de sinvergüenzas a los procaces editores que los publicaron.
  Hacia la medianoche, cuando la luz de la luna se filtraba por el tragaluz, durmió sin haber obtenido un solo atisbo de maestría. Soñó vertiginosamente con un libro, un libro en blanco, cuyas páginas recorría sin leer palabra alguna, lo soñó turbio y pegajoso, sin chiste. Despertó temprano y volvió a pensar, esta vez con melancolía.
  Por la tarde, comió muy poco. Sus ojos, entreabiertos, miraban sin ver. La barba, pulcra de antaño, había comenzado a crecerle. Fatigosamente caminaba por los solitarios pasillos de su casa todavía pensando, todavía esperando o quizás ya con resignación.

Dos semanas transcurrieron desde que el escritor había decidido escribir historias de verdad y a estas alturas había abandonado la escritura. Ya no salía de su casa, ya no leía, probablemente ya no pensaba. Sólo se sentaba en el sillón o en la terraza, y fatigaba sus días contemplando el vasto cielo azul de las tardes.
  Cada mes le llegaban las copiosas regalías de sus malos libros; las donaba a las bibliotecas o las desperdigaba sin resquemor entre la profusión de mendigos de la ciudad. En algún momento compró un arma, por si las dudas. Vendió su casa y donó sus libros. Erró largamente de ciudad en ciudad, de hotel en hotel, de cuartucho en cuartucho.   
     Una noche de invierno, tendido en una banca metálica con las manos cruzadas sobre la cabeza y observando fijamente las estrellas, al otrora escritor se le develó su gran obra; no era más de una línea, pero de algún modo encerraba el universo. La saboreó, la repitió en voz baja y luego la olvidó (o creyó que lo había hecho) y sacó su arma. La llevó lentamente hasta su sien, cerró los ojos y, con una leve sonrisa en el rostro, hizo fuego.

viernes, 18 de enero de 2013

De las repeticiones

En alguna de esas interminables tardes americanas de mediados del siglo XIX Emerson creyó intuir -probablemente observando la nervadura en la hoja de un arbusto o algún vasto cielo azul- que "la naturaleza es la infinita combinación y repetición de unas cuantas leyes" (Essays, I, I). Hacia 1982, el matemático polaco Benoit Maldelbrot publicó un tratado denominado Fractal Geometry of Nature, en donde se expone el estudio de los fractales como intrínsecos elementos de la naturaleza. Un fractal es un objeto geométrico que se repite un número determinado o tal vez indeterminado de veces. 
Quizás el caso más citado del fractal es la estrella de Koch. La cual no es sino un copo de nieve construido a partir de la iteración de un triángulo equilátero; en cada iteración quedan sustituidos los lados del triángulo por una variación conocida como curva de Koch (véase: Une méthode géométrique élémentaire pour l'étude de certaines questions de la théorie des courbes planes, txt. en fr.). 


No sólo la complejidad de la naturaleza había quedado reducida a la repetición de unos cuantos axiomas geométricos simples. A mediados del siglo XX un caballero inglés llamado Bertrand Russell demostró que la aritmética, la geometría o la dinámica racional, en suma toda la matemática, se componía de ocho o nueve constantes lógicas: "El número de constantes lógicas indefinibles no es grande: parecen, de hecho, ser ocho o nueve. Estas nociones por sí solas forman el objeto fundamental de toda la matemática..." (The Principles of Mathematics, 1950). 

Hablar de la biología o la física cuántica es baladí y una perogrullada. Todos sabemos que cualquier ser orgánico está compuesto por células que a su vez están compuestas por átomos que a su vez están compuestos por cargas eléctricas que a su vez -y con base en estudios recientes y especulaciones- están compuestas por cuerdas infinitesimales y oscilantes. La ciencia propende a la búsqueda de las mínimas fracciones, está volcada al descubrimiento del origen ínfimo. El universo no es más que la variación y la repetición de unas muy contadas constantes esenciales.  

Empecé con Emerson y terminé con el bosón de higgs que inevitablemente nos dirige al trabajo de Peter Higgs. Acaso la física y la filosofía comparten alguna afinidad. No obstante, la versión emersionana de las repeticiones me seduce más que la incierta teoría de la cuerdas.              


martes, 15 de enero de 2013

Pequeño manual de Entomología I

Arañas

Por si fuera poco, empiezan a entretejer sus telarañas y a adosar sus huevecillos en el interior de mi cabeza.


Cucarachas

En la cocina, en el baño, bajo la mesa, sobre el sillón, repugnantes humanos pululan por doquier.


Mantis religiosas

Les cortan las cabezas (sí, las cabezas) a sus novios después del coito. Luego se ponen a rezar.


Moscas

Bajo el matamoscas, el triste insecto espera reencarnar en un caballo.


Grillos

Como todas las noches y desde hace diez años, los grillos interrumpieron su sueño. Activado el percutor, los grillos jamás volvieron a cantar.



domingo, 13 de enero de 2013

Tres mínimos tormentos

Decepción

Recorriendo una de las vastas y oscuras galerías de su castillo, el príncipe sajón lo descubrió: los fantasmas no son más que sueños malogrados.


Sentencia

El laborioso alegato del inmortal no conmovió al jurado. Fue condenado a la indiferencia.


Doomsday 

Uno por uno ardieron los libros. El último en morir fue Alonso Quijano.


sábado, 12 de enero de 2013

El rey que creía en la derrota

Como todos los años, el rey de una de las melancólicas regiones del norte vino al castillo a contemplar el óleo en el que un tigre devoraba un antílope. Un viejo mozo, al que los años habían ido desdibujando, preguntó al rey por la índole de sus visitas, ya que, según su precaria experiencia, la escena del cuadro era asaz común en la naturaleza. El rey, conmovido, miró con indulgencia al hombre y respondió: vengo de un país frió en donde el sol es gris y los árboles negros, me han criado para la victoria y he vencido en muchas guerras. La sangre macula mi espada y mi escudo está forjado con cráneos. Mi blasón es la conquista. Y sin embargo, no he probado la dignidad de la derrota; un rey tiene derecho a todas las cosas menos una: ser vencido. Yo, mozo, observo al tigre, soberbio y sanguinario, y veo al antílope, digno en su muerte. Acaso una vez al año, me imagino como el antílope y vivo todas las cosas.

jueves, 10 de enero de 2013

La agonía del árabe

Dos hombres se pierden en el desierto. Caminan sin rumbo hasta que encuentran a un moro tendido en la dorada arena. Al pie del moro los hombres desaparecen; el moro acaba de morir.  

miércoles, 9 de enero de 2013

Misantropías 0

Misantropía 0.1

Nadie te odia más que yo.


Misantropía 0.2

¿No sabes qué es la misantropía? Consulta un diccionario.


Misantropía 0.3

El vigésimo cuarto día del tercer mes es el día de tu cumpleaños. También la fecha de tu muerte.


Misantropía 0.4

Gregor Samsa, convertido en un repugnante insecto, jamás se sintió más contento.


Misantropía 0.5

Despertaste: El dinosaurio todavía seguía ahí, devorándote.


Misantropía 0.6

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve. Fueron cayendo como fichas de dominó antes de recargar mi revolver.


Misantropía 0.7

Somos un juego bélico de playstation. Dios lleva siglos divirtiéndose.


Misantropía 0.8

Los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres.*
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*Borges, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius 


Misantropía 0.9

Uno por uno entraron en la cámara de gas.
-¿Esta es la salida?-, preguntó un despistado.

martes, 8 de enero de 2013

Cuatro tautologías

Destino

En el desierto, un hombre encuentra una moneda. El exergo muestra una fecha: la de su muerte.

Libertad

Un hombre, en su catre, sueña una llanura. Un azor raya el crepúsculo. Despierta: el techo está cuarteado y le aprietan los grilletes.  

Amor

Arde la Biblioteca del hombre. El hombre se suicida.

Dios

Los astros, lo signos, las montañas y el tigre preexisten en el alma del hombre. Ergo, Dios es el Hombre. 

lunes, 7 de enero de 2013

Sísifo

Una cadena de ceniza pierde forma en el Estigio.
A lo lejos, hacia el este, una roca se desploma en un declive.
En la cumbre de la escarpa, un condenado se lamenta.

Castigo de los dioses, temible esfuerzo
sin sentido; vuelve al inicio deplorable,
de la cumbre a la falda de la falda a la cumbre
renueva su tortura; roca trágica
cae sin fin bajo su peso, ya otra roca
conoció el héroe Prometeo.
Aherrojó a la muerte, vana infamia:
dilató a los hombres su martirio.
No supo que el destino sin ocaso
no es válido destino, es repetición
aborrecible del arquetipo.
A mitad de la montaña bajando en su fatiga
va el rey de Éfira, triste y eterno
como su camino.

domingo, 6 de enero de 2013

Una copa

En la mesa hay una copa
que bosqueja el infinito
y se confunde con el tiempo
de Dante en el exilio.
De rojo vino son las cosas
detrás del rojo vidrio;
la barba de mi padre,
la blanca luz ya no más blanca.
Poco a poco se consume
como una rosa se marchita,
sin paladearla vaporiza
cual corso Napoleón en Santa Elena.
Me figuro el universo
contenido en esa copa,
la mesa bajo ella,
la casa en que se posa.
Dios puso en mi camino
la copa de ese vino,
me ha descifrado el infinito
en unas cuantas gotas.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Mis lecturas, mis films, 2012

 Entre tanto, el tiempo pasa con su tácita crueldad.
GIOVANNI PAPINI, Los consejos de Hamlet

Los hombres están hechos de las mismas substancias de que se componen el sueño y el tiempo. Éste último infiere la historia y prefigura el porvenir. El hiato entre ambos (historia y porvenir) es llamado presente; el presente no existe, es un mero formulismo para eludir las confusiones y salvaguardar un futuro ilusorio y un pasado inextricable. El presente es infinitesimal. Empero, tras algunas lecturas, he descubierto tesis que afirman que el presente es válido, mientras que el pasado y el futuro son espectros "presentes". Son líos harto complejos los del tiempo; el vivir en un continuo salto pasado-futuro o existir en un presente inmutable son cuestiones que atañen a la fe o a la metafísica y no a la mundana física. 

El párrafo introductorio (precedente) pretende ser una provocación al pensamiento. En estos momentos, la tradición mediante, estamos a escasas horas de experimentar el lastimero ocaso del año 2012; el año del fin del mundo (¿Es que acaso se puede probar y aseverar que el mundo no se acabó?, Russell aduce que el mundo fue creado hace unos pocos minutos y que nuestros recuerdos forman parte de un pasado ilusorio); el año de la muerte de Carlos Fuentes y Ray Bradbury; el año que clausura el calendario maya. El hombre vive del porvenir, de lo inasible, propende a las inauguraciones. Hay un afán bien interesante: el de los nuevos inicios, es como un talante de expiación o bautizo que reconforta el cuerpo, acaso el alma. Nos gusta comenzar de nuevo, borrar las culpas, hacer promesas. Nos gusta, además de todo, la fiesta y la borrachera; ¿Hay mejor pretexto que los aniversarios?
No estoy ni a favor ni en contra del cómputo de los años; estoy en contra de cómo me carcomen, soy detractor empecinado del daño biológico y de la inevitable vejez. Pero no puedo hacer nada. Lo que sí puedo hacer es repasar mis lecturas a lo largo de los días. Este año, quizá por haraganería, no leí tanto como hubiera deseado. Pero sin embargo tuve memorables lecturas. 
El tiempo es una espiral infinita; quizás dentro de mil años, en Escandinavia o en el Indostán o en algún arrabal de Praga, un hombre o una mujer repita mis lecturas tan fervientemente como yo las he hecho.

Los libros que leí, por autor:

Asturias, Miguel Ángel:

-  El Señor Presidente (1946)

Beckett, Samuel:

- Esperando a Godot (En Attendant Godot, 1952)*
- Final de Partida (Fin de Partie, 1957)
- Quiebros y Poemas (Mirlitonnades, Colección, 1998)

Bioy Casares, Adolfo:

- La Invención de Morel (1940)

Borges, Jorge Luis:

- El Aleph (1949)*
- El Hacedor (1960)
- El Libro de Arena (1975)*
- Ficciones (1944)*
- Otras Inquisiciones (1952)*

Bradbury, Ray:

- La Bruja de abril y otros cuentos (The April Witch, 1994)

Camus, Albert:

- El derecho y el revés (L'envers et l'endroit, 1937)
- El extranjero (L'étranger, 1942)*
- El mito de Sísifo (Le mythe de Sisyphe, 1942)
- La peste (La peste, 1947)

Cortázar, Julio:

- Bestiario (1951)*
- Final del juego (1956)
- La otra orilla (1945)*
- Las armas secretas (1959)
- Todos los fuegos el fuego (1966)

Donoso, José:

- Este domingo (1966)

Dostoievski, Fiodor:

- El eterno marido (1870)
- El jugador (1866)
- La mansa (¿?)

Eliot, Thomas Stearns:

- La tierra baldía (The waste land,1922)*

Emerson, Ralph Waldo:

- Naturaleza (Nature, 1836)

Faulkner, William:

- El sonido y la furia (The Sound and the Fury, 1929)

Fitzgerald, Frances Scott:

- El Gran Gatsby (The Great Gatsby, 1925) 

Fuentes, Carlos:

- Aura (1962)*
- Cambio de piel (1967)
- Cantar de ciegos (1964)
- El naranjo (1994)
- Terra Nostra (1975)

García Márquez, Gabriel:

- Cien años de soledad (1967)*

Gide, André:

- La Sinfonía pastoral (La Symphonie pastorale, 1919)

Hemingway, Ernest:

- Adiós a las armas (A farewell to arms, 1929)
- El viejo y el mar (The Old Man and the Sea, 1952)*

Ibarguengoitia, Jorge:

- La ley de Herodes (1967)
- Maten al león (1969)

James, Henry:

- La vuelta de la tuerca (The turn of the screw, 1898)

Kafka, Franz:

- El proceso (Der prozess, 1925)
- La metamorfosis (Die verwandlung, 1915)*

London, Jack:

- El mexicano (The mexican, 1911)

Melville, Herman:

- Benito Cereno (Benito Cereno, 1855)

Nietzsche, Friedrich:

- Así habló Zaratustra (Also sprach Zarathustra, 1883, 84, 85)*
- El crepúsculo de los ídolos (Die Gotzen-Dammerung, 1889)*

Onetti, Juan Carlos:

- El pozo (1939)

Papini, Giovanni:

- Palabras y Sangre (Parole e Sangue, 1912)

Reyes, Alfonso:

- Visión de Anahuac (1917)

Rulfo, Juan:

- El llano en llamas (1953)

Saramago, José:

- El Evangelio según Jesucristo (O Evangelho segundo Jesus Cristo, 1991)

Sartre, Jean Paul:

- El existencialismo es un humanismo (L'existencialisme est un humanisme, 1946)

Stendhal:

- La Abadesa de Castro (L'Abbesse de Castro, 1839)

Tolstoi, Liev:

- La muerte de Iván Ilich (1886)*
- La sonata a Kreutzer (1889)

Vargas Llosa, Mario:

- Los jefes (1959)
- Los cachorros (1967)

Wells, Herbert George:

- La máquina del tiempo (The Time Machine, 1895)

Yeats, William Butler:

- La Torre (The Tower, 1928)

*Relecturas: Hay algo que es mucho mejor que leer, y es releer, adentrarse más en un texto, enriqueciéndolo, porque uno ya lo ha leído. J. L. Borges

El decurso del año 2012 me deparó imborrables lecturas, entre ellas destaco: Terra Nostra de Carlos Fuentes, al parecer es la novela con más palabras en lengua española después del Quijote, es una vasta y ambiciosa empresa literaria, el solo leerla representa una ardua exploración del pasado remoto y del pasado inmediato; esta obra maestra funde todo el saber cultural de Fuentes, la novela es de un volumen anómalo: consta de 783 páginas. El proceso de Franz Kafka, esta obra es la piedra angular de la filosofía del absurdo; un hombre es condenado por un tribunal, no sabe quién le acusa ni por qué; el final es un ejemplo de lo desolador de nuestras existencias, la novela fue publicada póstumamente por el albacea y amigo de Kafka, Max Brod. La peste de Albert Camus, ésta vez Camus traslada su filosofía del absurdo al pensamiento colectivo, es El extranjero masivo (si se entiende la expresión); la peste bubónica asola a Orán, una serie de personajes nos dan un recorrido por la psique de los habitantes de la ciudad infectada. El jugador de Dostoievski, es un laberinto psíquico; un adicto al juego pasa de la opulencia a la podredumbre. La invención de Morel de Bioy Casares, es una extraña historia de amor, el amor más intenso suele ser ilusorio, el protagonista se enamora fervientemente de una ilusión y hará lo que sea para estar con ella; Borges escribió en el prólogo: ...no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta. La sonata a Kreutzer de Tolstoi, es un vertiginoso retrato de la vida conyugal que termina en tragedia a la sombra de Beethoven. Final de partida de Beckett, quizás, con Esperando a Godot del mismo autor, es la máxima representante del teatro del absurdo. Naturaleza de Emerson, un film, creo, se acerca a la experiencia de leer el libro: The tree of life de Terrence Malick. Ficciones y El Aleph de Jorge Luis Borges, figuran entre los volúmenes que releo año con año; tal vez no haya mejor prosista en lengua castellana, tal vez estos libros encierren toda la literatura. Otras Inquisiciones del mismo Borges, es una colección de ensayos que igualan en maestría a los ensayos de Russell, de Emerson o de Montaigne. 
Hasta aquí, es un bosquejo de las lecturas más sobresaliente en estos pasados doce meses.

Films:

Al igual que la literatura, el cine me ha forjado una vida más sufrible. A continuación ensayo una lista de diez films que a mi consideración son los mejores del año 2012 (en la lista aparecen tres películas estrenadas en el 2011 pero que llegaron a salas mexicanas este año; he descartado igualmente tres cintas de este año: The Master (Paul Thomas Anderson), Tabu (Miguel Gomes) y Beasts of the Southern Wild (Benh Zeitlin); no las he visto):

1.- Jagten (Thomas Vinterberg, 2012)
2.- Amour (Michael Haneke, 2012)
3.- Post Tenebras Lux (Carlos Reygadas, 2012)
4.- Holy Motors (Leos Carax, 2012)
5.- Melancholia (Lars Von Trier, 2011)
6.- Drive (Nicolas Winding Refn, 2011)
7.- Moonrise Kingdom (Wes Anderson, 2012)
8.- De Rouille et d'Os (Jaques Audiard, 2012)
9.- Detachment (Tony Kaye, 2011)
10.- Después de Lucía (Michel Franco, 2012)

Seguiré consagrando mi tiempo, en este 2013, a la lectura, al goce intelectual, a frecuentar exposiciones, a visitar salas de cine. Al fin y al cabo, el arte es lo único que nos quita las cadenas, que nos hace libres.

domingo, 16 de diciembre de 2012

A.- ¿Está muerto?
B (hastiado).- No, sólo duerme.
A.- ¿Está muerto?
B (igual).- No, duerme.
A (incisivo).- Parece muerto.
B (igual).- Sólo duerme.
A (con desdén).- Y tú, ¿estás muerto?
B (con lasitud).- Eso parece.
A (abúlico).- Y yo, ¿estoy muerto?
B (igual).- No mientras él te sueñe.
A (igual).- Ah.
Silencio

jueves, 6 de diciembre de 2012

Mutua muerte


El milagro, si tal sustantivo es válido, ocurrió, si no mal recuerdo, en el arduo verano del ochenta y nueve. En enero de aquel año trabé amistad con Hilario Figuérez, un hijo de campesinos michoacanos con una pequeña residencia en Coyoacán. Las circunstancias en las que nos conocimos ahora me son, casi a los sesenta y cuatro años, irrecuperables. 
Hilario, no sin razón, tenía fama de borracho y pendenciero; nos batimos varias veces en callejones y cantinas antes del suceso que aún sigue siendo causa de mi más pertinaz perplejidad.

Aquella noche -serían cerca de las nueve- un hombre de taciturnos rasgos nos detuvo en una esquina de Reforma. Se cuadro frente a nosotros y nos exigió, navaja en mano, nuestras carteras; Hilario, ofuscado por su habitual temeridad, no logró mitigar sus impulsos y trató de acometer al sujeto. Se entreveraron y bruscamente cayeron al piso. Hilario resolló fuertemente un grito cuyo eco se perdió lacónicamente entre los edificios adyacentes. Tenía el cuchillo tajándole en el vientre y las manos maculadas con la plétora de su negra sangre. Removí cuidadosamente el cuchillo -supe después que esto fue un acto pernicioso- y le di alcance al sujeto que ya corría sobre la avenida. Impulsivamente penetré cuatro o cinco veces los costados del maleante y lo dejé morir sobre el adoquinado de piedra.

Figuérez murió a mi regreso. Lo encontré yacente y empapado sobre un charco de oscura sangre. Recuerdo haber corrido largamente bajo el influjo de una sirena y la persistente intermitencia de una luz azul y roja: una patrulla me perseguía.
Bajé al metro y los perdí. Llegué tarde y abrumado a mi casa, en el recibidor había un espejo, lo miré de soslayo y me turbó la aparición de un extraño hombre. Temí que fuera un ladrón y que esa madrugada me deparara un segundo encuentro malhadado. Sujeté el perchero y me aproximé a la sala. No hallé a nadie. Lentamente recorrí la totalidad de las recámaras y encontré lo mismo: nada. Volví a la sala y me recosté en el sillón de piel. Observé la velada pantalla del televisor y en el opaco reflejo vi al hombre antes percibido en el espejo. Salté del sillón y oteé alrededor, descubrí lo ya conocido: la mesa de cristal a mis espaldas, el librero en el muro del fondo, el tocadiscos junto a la ventana. Azorado, vi de nuevo, para asegurarme, el reflejo en la pantalla y el ajeno hombre apareció y mis movimientos dibujaban los suyos.
Troté perplejo hacia el espejo y lo entendí. Mi rostro había cambiado, pero no sólo eso, mis rasgos eran los mismos rasgos taciturnos del sujeto que, embriagado por la cólera, había acuchillado unas horas atrás. Mi esposa seguía agonizante el la cama y no había nada en el refrigerador. Me arrellané en el raído sillón de lona. Hilario salió a la tienda. Casi no lamenté haber asesinado a aquel hombre para quedarme con su cartera. 

domingo, 25 de noviembre de 2012

Jaques Rigaut: Irrealidad

Irréalité                                         Irrealidad


Se passer la main sur le visage,        Pasarse la mano por la cara,
la crainte angoissée                        y el miedo ansioso   
de n’y plus trouver ni nez,               al no encontrar más la nariz,
ni bouche,                                     o la boca,
tous traits effacés                          borrados todos los rasgos
comme sur un dessin…                    como en un dibujo..

viernes, 23 de noviembre de 2012

El extraño de Gomorra

Un hombre vino del desierto. Arribó ayer a mediodía, cuando no había sombras en el cetrino suelo de tierra. Entró en la plaza arrastrando penosamente sus sandalias; un jubón harapiento y gris le ataviaba el cuerpo. Trajo consigo una negra piltrafa de carne de serpiente y un báculo. Se sentó a la sombra de un muro de mampostería y no se ha movido, hasta ahora.   
     En la mañana noté que la sed lo abrasaba. Le acerqué un cuenco con un poco de agua fría, me miró con ojos perplejos y tomó el cuenco, lentamente lo llevó a su boca. No había dado ni un sorbo cuando un vecino bruscamente se lo arrebató de las manos, -no hay agua para extranjeros-, me reprimió. El hombre no protestó, se resignó a observar cómo el vecino vertía inicuamente el agua en la tierra pálida. Recogí el recipiente que había caído al piso y miré con tristeza al reseco hombre. Me fui a casa, el vecino se quedó imprecando al anciano surgido del desierto.
     
Hay un tumulto en la plaza; los hombres del pueblo, en cónclave, están lapidando al extranjero. Pero de sus heridas no brota sangre, brota arena, dorada e infinita arena rebosa de sus profundas dilaceraciones. 
Han dejado de apedrear el promontorio, el hombre volvió a su elemento, se ha perdido en su cosmos de profusa arena. -!Ahuyentamos al demonio!- se carcajea la plaza.

Salí del pueblo a recoger algunas espigas en el campo, una insignificante herida en el pie izquierdo me demoró a la sombra de un frondoso árbol. Enrojeció el cielo, creí que el ocaso se había adelantado. A unos pasos del pueblo, noté las oscuras columnas de humo, más adelante, los tejados jironados por el fuego y los muros hollinados. En la plaza pululaban descuartizados y ennegrecidos los cuerpos de los que antes fueran mis congéneres. Ya no supe qué pensar, acaso mis padres también estarían muertos.  


lunes, 19 de noviembre de 2012

Suicidio Filosófico 3

Destapé el frasco y vertí algunas píldoras en el cuenco que hice con la mano izquierda. Abrí las cortinas del apartamento; el incendio del atardecer me inundó los ojos. Abajo, en la calle, una fila de automóviles esperaba luz verde. Tres palomas grises rayaron el rojo cielo. 

Intenté matar los recuerdos. Fracasé. Ya no sentí la opresión del tiempo. Me quité las pesadas cadenas del minutero. Abjuré de Dios y del Diablo. La bondad y la maldad son atributos humanos, resolví. Un anciano, en el lado opuesto de la calle, escupió hacia la avenida. Un niño pequeño lloraba en la habitación contigua.

La incipiente penumbra del firmamento fue llenando el ámbito de la habitación. Me figuré todo como un sueño. Corrí las ventanas. El gélido viento moldeó mis rasgos. Tragué las pastillas, el grifo del baño goteaba. Me senté en el borde de la cama y esperé. 

Afuera se cernía la noche.